la prefiero con nesquik

Había una vez…un papá

Febrero 22, 2008 · 5 comentarios

Un 21 de febrero pero del año 2000 me embarcaba a uno de los momentos más representativos de mi vida. Ese día, llegaba al aeropuerto internacional de Miami a reencontrarme con mi papá de sangre, apellido y misma nariz. Bah, iba a encontrarme con una incógnita. La más importante.

Me acuerdo que mi vieja me acompañó a Ezeiza y su despedida me provocó algo de susto y un poco de culpa. Susto porque veía su cara repleta de lágrimas estremecidas y lógicas. Culpa, porque a pesar de ser chotísima no podemos evacuarla de nuestro ADN. Pensaba..no ma, tranquila, vuelvo, voy a conocerlo pero vas a ver que no me quedo, ni en pedo. Aunque ella no emitió palabra. Culpa. Por mi culpa…por mi gran culpa.

Cuando me acomodé en el avión, la ansiedad empezó a entorpecer mis pensamientos calmos. Miraba por la ínfima ventanilla, escuchaba música, trataba de cerrar los ojos, leía. Y a medida que atravesaba los distintos cielos los nervios se hacían indispensables. Eran parte del menú de viaje. Y claro, no era para menos. Estaba a horas de saber quién era ese hombre mitad carne mitad fantasma.

Hicimos escala en Panamá. La negrura esbelta de la gente que transitaba el aeropuerto me deslumbró. Pude, por unos minutos, enfrascar mis temores inmediatos y papales. Trámites, gentío, mujeres policías de calendario Pirelli, sellos, aviones que iban, escaleras mecánicas que venían y se quedaban con mi atención. Por suerte.

Un par de horas más y llegué a destino. Llegar a esa ciudad de plástico era como tocar a Don Johnson, era como andar en rollers, como programar la muerte de Versace. La noche y las luces miamenses delataban el esplendor del momento que se acercaba. Mis piernas, como flecos, temblaban y se resistían a la rotura extrema. Otra vez, papeles, llenar cuestionarios paranoicos made in Estados Unidos, gentes de todos los colores posibles y de los otros, policías de fábrica, tipo Swuat. Y el fin de horas de desazón.

Allá, a unos metros, y junto a mujer e hija, estaba él. Parado con su nariz que reconocí como mía y con la mirada prendida. Ahí supe que aquel hombre, que había visto muy pocas veces y que descansaba inmóvil en fotos felices, era mi viejo.

Abrazos. Piernas flojas. Chistes derramados desde los nervios y la incomodidad del encuentro. Hermana adolescente con misma naríz. Y…a casa. A su casa.

Esa, la primera noche, no mucho. La cama me esperaba. Una cama en otro país, en otra casa, en otra página de esta historia. La de la casa de mi papá. La que me iba a soportar durante los próximos tres meses. Antes de dormirme, mi viejo me preguntó qué desayunaba normalmente. Le dije, leche con Nesquik. A la mañana siguiente, me despertó un vaso frío con mi brebaje favorito. Ese señor, que durante tantas mañanas no estuvo en mis despertares y que desconocía mis gustos, trajo la leche, su mano, su mirada y un amor que había estado congelado durante una eternidad. Esa mañana abrimos la puerta para ir a jugar. Y a partir de ese momento supe que,  más allá de la ausencia y de su incapacidad de ser padre, tenía un viejo. Lo tenía. Pude tocarlo y sentirlo. Y lo más importante…nos dijimos todos los te quiero que quisimos y pudimos. Un viaje irrepetible, sanador y recomendable.

Hoy, 21 de febrero de 2008, ese papi mira desde el cielo que alguna vez crucé en avión. Pero por suerte pude sentir su olor. Ahora lo retengo siempre que pienso en él.

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