También hubo Tigre. Hubo arroyo y calma.

Las vacaciones tienen ese no sé qué. Y también tienen mucha lectura. Esta vez me leí un libro que me arrebató la mirada y la atención las 24 hs. Una obra que recomiendo a cuanto se me cruza por la vista y que seguiré leyendo. “Manos de caballo” (Interzona) es de un autor joven, brasilero y brillante. Su nombre ya figura entre lo más nombrado de mi semana: Daniel Galera.
El autor detalla con minuciosidad adecuada y construye una historia que no hace agua por ningún lado. Es sencillamente una gran novela con un primer capítulo sublime y construcciones como estas: “y pasaron el resto de la madrugada cruzando los límites de su historia personal y del cuerpo del otro“.
Cuando me faltaban diez páginas para terminar el libro decidí escribirle a Galera para agradecerle y elogiarlo. Me respondió con un mail que entre otras cosas decía: “É a primeira mensagem que recebo de um leitor da Argentina e isso me deixa muito contente. Fico feliz de saber que gostou do meu ‘Manos de Caballo’ e agradeço os elogios. Muchas gracias! Espero que
goste do final”.
Definitivamente el final no me defraudó. Todo lo contrario. Como le dije a él, me quedo con la frase final y con una bolsa repleta de ganas de leer su nueva novela que todavía no se publicó en Argentina.
Categorías: Libros y autores
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Etiquetado: Felix Bruzzone
El gran Cristian Alarcón me pidió que divulgue su buena nueva. Inscríbanse y vuelen de la mano de este grande! Acá toda la información.
La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano
y
Colombia es Pasión
convocan a
Sujetos y territorios en el corazón del
Carnaval de Barranquilla
Taller de crónica cultural con Cristian Alarcón
Experta académica: Mirtha Buelvas
Jefe de Fotografía: Gonzalo Martínez
Barranquilla, Colombia
11 a 16 de febrero de 2009
Categorías: Sobre periodismo y medios
La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentrífica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero Hotel de Belgique.
Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en ncuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicadode girar el picaporte, ese acto por el cual todo podria transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien.
Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.
Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada dia y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por que estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro.
Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y aceptar taimadamente su nombre de nube, su replica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Por que te los daria? Solamente vendra lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y timbla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro hacia la pared y ábrete paso.
¡Oh cómo cantan en le piso de arriba! Hay un piso arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido.
Cuando abra la puerta y me asome la la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las cosas ya sabidas, no el hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mi como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.
* Julio Cortázar, Historias de Cronopios y de famas.
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Cuando sea grande -más que ahora- quiero vivir en Uruguay. Te debo dos.
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