Mañana llega un amigo de Chile que viene a BAFICIar y se quedará en casa durante cuatro días. Se llama Cristóbal, le dicen flaco y es uno de esos amigos que el matrimonio bilateral me dejó. El flaco es cineasta y estrenó su primer largo el año pasado en su país. La película se llama Malta con huevoy si tengo algo para decir de ella es que es ingeniosa, está bien filmada y no se detiene. Es un desafiante y provechoso traspaso del mundo en 25 minutos a la pantalla gigante y nachos con queso.
No dejen de ver La joven vida de Juno. Todavía está en cartel de algunos cines de morondanga. Yo hice lo propio el martes después del laburo, entre histéricas tormentas y soledades de tarde. Arteplex de Belgrano y yo. Juno, su joven vida y yo. A la salida, un largo camino por Cabildo. Me gusta ir al cine sola. Y lo que viene después, también. Es como un largo camino hacia algo. Siempre es ir.
Y este martes, después de ver la película, me fuí con Juno. Salimos del cine en silencio. Las dos. Ni ella tenía nada más que decir, ni yo podía preguntarle alguna pelotudez desencajada. Había que seguir. Había que cruzar Monroe. Ambas lo necesitábamos. Las dos miramos de reojo los fichines que están al lado de esa pizzería típica, pero no nos dijimos nada. Seguimos en silencio cruzando todas las calles desoladas. Era necesario. Para Juno lo era. Para mí, también.
Mientras filma su última película, “VickyCristina Barcelona“, el director Woody Allen reposa sus instintos sexuales mientras toma sol con su nena-actriz fetiche.
El Pollo tenía dos entradas para ver RENT en el Konex y me invitó. Fui sabiendo que no me agradan las comedias musicales ni nada que se le parezca. Fui porque es teatro y porque una salida con un amigo es salud.
Ni bien llegamos me enteré de que el espectáculo duraba tres horas, más o menos. Supe que ese dato no iba a ser menor y que tarde o temprano sería el desencadenante de la tragedia.
Empezó.
Mucha luz, mucho chico cadereando. Una producción inmensa. Uno que salía, tres que entraban en escena. De repente, te despistabas con uno y paralelamente se encendía una luz con otro diálogo cantado. Y seguía pasando la obra, y la historia, y las luces bailarinas y los chicos con voces de locutores que contaban en pentagramas una historia importada.
Después de una hora y media de estrellitas y do mayor una voz en off dio comienzo al intervalo que duraría -dijo- quince minutos. 60 + 30 + 15 es igual a estoy cagada de hambre y mucha adrenalina a las once de la noche me hace mal.
Llegó la hora del debate. Decidíamos -el Polli y yo- si ibamos por una milanesa con papas fritas o seguíamos bailando por miles de sueños de NY. En eso me encontré con un amigo y su pareja que huían desesperados al intervalo sin retorno.
En menos de dos segundos llegamos a la triste pero anunciada conclusión de que estábamos más para buscar un lugar que nos sirviera un lechón asado a quedarnos entre todos esos chicos consumidores de Danonino. ¡Cuánta energía por deus!
Bonus Track: Salimos por Corrientes en busca del lechón. Dos milanesas con papas fritas y huevos fritos, pedimos. No, la milanesa se las debo, dijo el mozo. Nos decidimos por una suprema y un bife, pero sí o sí con papas fritas y huevos fritos. Esa era la condición de la noche. Es que después de ver a 20 pibes saltando enloquecidos ganamos el permiso para llenarnos de colesterol y grasas argentinas. Nos lo merecíamos.
Con ánimo de amar. In the mood for love. Deseando amar. (Hong Kong, 2001).
Varios títulos para una película que se desentiende de la palabra como herramienta argumentativa. El film bordea la vida de dos vecinos que, entre el más profundo de los silencios, se encuentran. Él, ella. Se ven. Se buscan. Se piensan. Se chocan. Se siguen pensando. Y se recorren entre pasillos y destiempos mientras sus miradas son llegadas sin salidas.
Con ánimo de amar conmueve. Y no sólo por el guión tan lleno de suspiros e imaginación, también emociona el sutil movimiento de esa mujer oriental y su estricta elegancia. Hace lo suyo la música, que es de esas acostumbradas a ponerte la piel de gallina sin escalas. La imagen, los colores, la dirección de arte, la de los actores, el vestuario. La película es, en su totalidad, impecable e imperdible.
La vi hace unos años y estos días la tengo presente. No sé porqué. Les pido que se dejen llevar por estos minutos de encanto. Y no dejen de escuchar el sonido delicado de ese cuerpo en soledad.
Grosssso Juanín! Llega la película de 31 minutos, el noticiero chileno más bizarro de la tele. Digo llega, y me refiero al cine. Supongo que al de allá, aunque el programa se da por cable también.
El que jamás vio un capítulo de esta serie con periodistas de peluche, que se meta en youtube ya a matarse o cagarse de risa un buen rato. Y el que tuvo la suerte de vivir en Santiago o de tenerme a mí como amiga que difunde la obra minutera, ayúdenme a juntar firmas para que Juanín pueda pisar cine argentino. Aunque sea que toque Lavalle, me conformo.
Mientras tanto, les dejo esta nota del fin de semana y el trailer de la película…
Soy ochomesina. A los 8 años estudié piano a la vuelta de mi casa en Don Torcuato. Fui a doble escolaridad algunos años en la primaria, pero odiaba la comida espantosa que nos daban. En mi cuadra, era la campeona femenina del torneo de bolitas. Nena tímida. En séptimo grado, fui segunda escolta. Una vez terminada esa etapa, me convertí en una auténtica vaga. Secundaria siempre en derrumbe. Era de las que se llevaba gimnasia y plástica a marzo. Igual las daba. Terminé quinto. No me fuí a Bariloche, primero porque pasé por tres colegios en cinco años; y segundo, porque detesté los videos de la gente que sí se iba. Cerro Catedral, alquiler de trajes, cabalgata, coordinador de Río Estudiantil, los pelos largos de los noventa, cánticos arriba del micro. Uf.
Cuando salí del último de los colegios, estuve un año en la EMAD, el Conservatorio de Arte Dramático. Quería ser actriz, pero me duró poco. A los 23 me casé con un chileno, allá, en el país trasandino. Todavía no me divorcié por miedo a perder la licuadora. No hay derecho. Peso 48 kilos y tengo 3 hermanos. Soledad, Santiago y Luisita. La última es venezolana y por parte de padre. Chevere. Sole tiene dos hijos soles: Agustín y Lucía, que acaba de empezar su jardín. Un fuentón por acá. 13 él, casi 3 ella. Mamá es astróloga y vive en Chile (hice el viejo truco: venite ma que te extraño y me volví para Argentina). Papá, en los cielos. Tengo un Papapa que se llama Eduardo y que me crió. Con él compartí, desde muy chica, las lecturas del Martín Fierro y Mafalda. Ahora baila tango todos los fines de semana y eso lo llena de combustible.
Disfruto del libro y la música. El cine y el teatro, rascarme el pupo, ser niña con mis amigos. Cuando sea grande quiero ir a ver una obra de Sofovich tipo El Champán las pone mimosas o una parecida pero que esté plagada de gatos. Detesto lo injusto y la desesperanza en los ojos de por ahí. Me gusta conocer, aprehender y acercarme. Estudio periodismo, lejos del escenario y cerca de la realidad (¿si?). Soy apasionada (obviamente bostera) y me hace bien el debate. También reir.
Ah, y vengo casi siempre a este bolichón!