Al Italiano por favor…

Domingo, día de Hospital Italiano. De ovarios explosivos. Los médicos lo solucionan así: desvestite, acostate, vestite y andate. Muy grotesco. Demasiado guarro ese instante de desnudez. Y todo huele a gasa.

Eran tres en el consultorio. Una canchera, la otra sumisa y la tercera era la que estaba para los mandados. Mi abdomen no podía más. Me sentía más mujer que nunca. Y más manoseada también.

Poneme los pies acá, me dijo una de las ginecólogas que estaba supervisando todo, la madre superiora del momento. La cola bien adelante. Acá, más. Te voy a palpar, me confesó sin ningún reparo. Dale, a eso vine. Metió un coso frío que aturdió todo el calentamiento de mi ardor. Después, guante, latex y manos: adentro. ¿Te duele acá? ¿Y ésto? Y empezó la danza del cuestionamiento.  ¿Tenés relaciones? ¿Y cómo te cuidás? ¿Siempre te cuidás con ese método? ¿En toda la relación? Y otras cosas más íntimas que no detallaré.

Acto 2: Viene la segunda de las ginecólogas. Supongo que era residente o algo así. A ver, dejame a mí. Y metió su latex de residencia dominical en mi yo hembra. Mientras tanto, la número tres me tomaba la temperatura. No muevas los brazos, susurró casi como si fuera una extra de utilería de ATC. Éso fue lo único que me dijo en las dos horas que compartimos.

Podés vestirte, comandó la capitana. Me sacaron sangre. Me mandaron a hacerme una ecografía transvaginal. Era un hombre. Desvestite y tapate con esa mantita, yo te espero afuera, repitió como loro el tipo. Obedecí y me acosté en la camilla. Lo esperé. En silencio agarró el tubo frío y pálido. Lo protegió con una especie de preservativo finito y le desparramó un gel helado. Adentro. Empezó a manipular ese tubo con desfachatez. Su cara no decía nada, pero su mano derecha giraba ese pene blanco Ala mientras me rasqueteaba, como si estuviese raspando un pote de helado.

Nada. Tus ovarios están bien, el útero también. Volvé a la guardia para que la doctora te recete un analgésico más poderoso, dijo como si nada el tipo que hasta diez segundos antes había aplastado mis órganos vitales. Ahora era un perfecto extraño nuevamente.

Ibuprofeno de 600. Y a esperar que se te pase nena. Ya entendí, ya escuché, pero me duele como la puta madre, chillé. Claro que chillé. El dolor era mío. La madre superiora, la residente y la extra miraban con cara de qué querés que haga. Ya está. Diagnóstico sin glamour y a tu casa. Que pase el que sigue.

Y me fuí con su mano y su verdor. Entre tanto italiano me quedo definitivamente con Cerrella.

Dos horas. Tres manos. Domingo, ningún gol y cine shampoo por Canal 13.

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